Coronavirus

“No los traigan”, decían en mi familia, sobre el caso de los mexicanos que pidieron ser repatriados desde China. Es posible que muchos piensen así. Que ante la posibilidad de contagio, la mayoría pretenda poner distancia con todo lo que signifique estar cerca de un enemigo silencioso, invisible y que muy pocos entienden. Genera terror saber que en el mundo hay algo diminuto que puede matarte, algo del que todos tienen una versión; cifras, causas consecuencias y síntomas; casi todas inventadas y muchas obtenidas de fuentes poco confiables como: el vecino, un artículo de internet o una cadena de whatsapp . Y es que, contrario a otras épocas, la información abunda, pero eso no es necesariamente bueno si no se combina con una buena dosis de criterio.

El 31 de diciembre de 2019 se comunicaron a la OMS varios casos de neumonía en Wuhan. Se trataba de un virus distinto a los conocidos, lo cual resultó preocupante, porque no sabían de qué manera podía afectar a las personas. Y a partir de ahí, el miedo hizo su trabajo, y el mundo, poco a poco ha caído en un pánico, lento pero progresivo. Las imágenes que llegan desde la televisión internacional y los pocos datos que se ofrecen, impactantes todos ellos, contrastan con los videos que circulan en redes sociales que, algunos ni siquiera se saben si son realmente de la ciudad china o de algún otro lado y de algún otro tiempo.

La crisis es real, y la Secretaría de Salud mexicana, ha dicho a través del Dr. Hugo López-Gatell Ramírez, Subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud, que el virus tarde o temprano llegará a México, pues es inevitable el contagio. Pero eso no implica, de ninguna forma, caer en pánico y realizar, a razón de el, acciones que dañen a terceros. Habrá, como en la crisis del AH1N1, que tomar medidas y estar pendientes de las recomendaciones para evitar la diseminación de la enfermedad, pero lo más importante sin duda, es guardar la calma y alejarse de informaciones apocalípticas que entienden en esto, una oportunidad para alarmar a la gente, sin razón alguna.

Nadie puede estar preparado para una crisis del tamaño que significa una epidemia de un virus desconocido. Ninguno sabemos a ciencia cierta lo que haríamos en caso de contagio de uno de nuestros seres amados o de nosotros mismos, pero todos podemos ponernos en lugar de las personas que están más cerca del riesgo de contagio. Podemos imaginar su miedo, sus ganas de salir corriendo y la enorme desesperación de que el país en el que decidieron vivir, no los dejen salir, y el país en el que nacieron, no los quiera recibir. “Imaginen por un segundo que los ciudadanos mexicanos fueran sus hijos”, les dijo alguien a mis tíos, cuando aseguraban que lo mejor era que los compatriotas de Wuhan, permanecieran allá. Entonces sus risas fueron nerviosas y cambiaron de tema.

Ese, es el asunto en estas circunstancias que tocan de manera profunda nuestros peores miedos; que nos reducen hasta lo más básico de nuestra biología y nos muestra vulnerable ante algo tan pequeño. Cercanos al contagio o no, con el poder para tomar decisiones o no, dando nuestra opinión o guardando silencio; buscando información o compartiendo la que ya tenemos; lo importante es no perder nuestra humanidad. Y entender que a veces es más peligroso el miedo, que el mismo virus.

@GerardoAyala


imagen: Cambridgemask.com

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