Amor a los toros

Aún recuerdo el olor a puro de la última vez que caminé por las calles cercanas a la Plaza México; el ambiente es festivo; abundan los sombreros en las cabezas que casi nunca han usado uno, también los puestos ambulantes que venden banderillas, monteras, capotes y todo tipo de alimentos; tacos, tortas, tostadas, hamburguesas, papas, nieves, hot dogs y hasta quien ofrece pequeñas botellas de vino. Eran más o menos las tres y media de la tarde y las calles estaban tan llenas que era difícil caminar entre los puestos; no era para menos, el cartel era de primera. Un mano a mano entre Rafael Ortega y El Zotoluco, ambos máximos exponentes del toreo mexicano, en aquel tiempo; ni siquiera recuerdo el año.

Yo iba emocionado, admito en ese momento de mi vida, adoraba ir a eventos del estilo y era recurrente asistir a la plaza, pues un buen amigo de papá, era dueño de un palco y nos lo prestaba seguido. El simple hecho de compartir con él y verlo disfrutar de las suertes; que me explicara a fondo la faena y que en cada momento le brillaran los ojos con los reflejos de las lentejuelas de los trajes de los toreros, me causaba mucha emoción. Fue una buena tarde para ambos toreros; según recuerdo sacaron en hombros a Ortega y el Zotoluco cortó un par de apéndices, después de innumerables gritos de “ole”, que nos dejaron irritada la garganta, con su último de la tarde.

Al terminar la corrida, un primo, aún más asiduo a la plaza que nosotros y con varios amigos entre los trabajadores del lugar, nos ofreció la oportunidad de bajar a los establos. Ahí el ambiente era todavía más peculiar, la gente dejó de ser aficionada y caminábamos entre subalternos, picadores, caballos y toreros; el Zotoluco firmó mi cartel y Rafael Ortega – amigo de mi primo- pidió que arrancarán un par de banderillas del cadaver del último toro, para que me las llevara a casa. Fue un tesoro en mi colección, durante mucho tiempo. 

“Amo los toros” decía entonces.

Estaba equivocado. 

Lo que en verdad amaba era el ambiente,  la comunión de un montón de personas felices. Lo que en verdad amaba era convivir con mi padre. Amaba la fiesta, es posible; la luces, las música, los rituales, la adrenalina de toda una plaza gritando vítores al mismo tiempo. Pero nunca y de ninguna manera, amaba al animal que estaba muriendo desangrado en la arena. Era muy niño para darme cuenta, o tal vez me daba cuenta pero decidía hacerme de la vista gorda en aras de seguir disfrutando del momento.

Hoy, en retrospectiva me doy cuenta que lo que aplaudía era un rito de muerte, una masacre pública que se disfraza de arte. El asesino es el torero, sí. Pero los demás somos cómplices del sufrimiento de la criatura que corre y ataca por instinto, que está asustado, que tiene miedo y que solo usa su cuernos, para tratar de defenderse de las agujas que se le clavan en el cuerpo, de la gente que lo engaña una y otra vez para que corra de un lado a otro. Que lo atosiga con un ruido insoportable y con luces que le llegan en todas direcciones. Que se burla, que lo humilla.  Aquella pelea, aunque mucho intentan disfrazarla de una pelea justa entre el burel y el torero, es la batalla más injusta del mundo, pues es un animal asustado, contra decenas de miles de personas que solo quieren y aplauden su muerte. 

Es increíble que hoy, aún exista gente que aplauda y siga gustando de una corrida de toros. Que a pesar de los años que tenemos de ser supuestamente civilizados sigamos defendiendo algo tan cruel con argumentos tan estúpidos como “Amor al toro”, “Viven libres toda la vida”, “Son consentidos”, “Pueden indultarlos” o “Es parte de nuestra herencia cultural”. Eventos como esos, en una sociedad medianamente pensante deberían estar prohibidas; hoy deberíamos luchar para extinguirlas y que en México queden solo como un recuerdo. 

Basta ya de lastimar al indefenso, de sentirnos superiores.

El amor a los toros, no es matarlos lentamente, sino protegerlos de morir, lo más pronto que podamos. 

@gerardoayala


Imagen: torosennavarra.com

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