No quiero volver

Soy afortunada. Mi hija pequeña y yo hemos estado en casa durante las últimas dos semanas.  Tengo todo lo necesario para trabajar de manera remota. He conservado mi salario íntegro. He podido continuar con mis estudios de manera remota. Tengo luz, agua, internet, comida y un amplio y luminoso lugar en donde vivir. 

El que yo pueda continuar con una vida prácticamente normal -hasta ahora- es un lujo. El que cualquier persona tenga esta misma posibilidad, es un lujo. Algo que debiera ser el estado mínimo de subsistencia de cualquier ser humano es un lujo. 

Soy absurdamente afortunada. No tengo que compartir mi espacio con un individuo que nos violente a mi hija y a mi. Tampoco tengo que soportar que nadie esté todo el día viendo porno o insistiendo en poner en práctica todo lo que el porno le ofrece. No estoy en casa con la angustia de que un individuo nos golpee, nos grite, nos humille con cualquier pretexto.

Comprendo que muchas personas aspiran a volver a la normalidad lo antes posible. Yo no quiero volver. 

No quiero que todo siga igual. No quiero regresar a las calles para ver que sigue habiendo personas de todas las edades durmiendo en la banqueta, sin un hogar. No quiero volver a la violencia cotidiana que vivimos las mujeres, unas de manera más brutal que otras, y que pocos reconocen.

No podemos volver a la  normalidad. Esa normalidad ha significado explotación, opresión, desigualdad, saqueo, violencia, discriminación, aniquilación, segregación. Esa normalidad tiene que transformarse de manera radical. Necesitamos asegurarnos de que todas las personas tengamos el mismo valor en nuestra sociedad, que se nos trate con el mismo respeto, que tengamos acceso a una vida realmente humana.

El feminismo tiene décadas haciendo la propuesta de un mundo en que las relaciones entre los sexos sean otras. También ha abordado el problema de las clases sociales, el colonialismo, la economía, los fundamentalismos religiosos. Las teóricas del feminismo radical no le dieron la vuelta al problema de la opresión ni adornaron la realidad para hacerla más linda y llevadera, por eso siempre han sido incómodas.

Pensemos diferente. Hagamos las cosas diferente. Rompamos, de una buena vez, con esa maldita normalidad.


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